El inicio de la Revolución Industrial, en la Europa de principios del siglo XIX, exigía formas más eficaces de llevar las materias primas hasta las nuevas fábricas y trasladar desde éstas los productos terminados. A pesar que desde el punto de vista del transporte de la época estas necesidades estaban controladas (principalmente en Inglaterra por su acceso al mar y vías fluviales) el ferrocarril, a pesar de sus altísimos costos, era un transporte racional. Según E. Hobsbawn el desarrollo del negocio del ferrocarril obedeció a que no existía en Gran Bretaña ninguna otra forma de absorber el accedente de capital acumulado por la incipiente burguesía. Esta saturación de capital llevo al desarrollo de una basta red de ferrocarriles que desde el punto de vista económico eran poco viables pero que sirvieron para dar un gran impulso a la segunda fase desarrollo industrial de Inglaterra. Según este autor la revolución del ferrocarril llevo a tras grandes consecuencias: Un gran incremento en la producción de hierro, acero y carbón, que permitieron el desarrollo de industrias que empleaban grandes masas de obreros y mano de obra calificada; la segunda fue una notable mejora en el nivel de empleo que se tradujo en una sensación de un mejor nivel medio de vida, gracias a la estabilidad económica, al aumento de salarios y la inactividad en materia de luchas sociales. Tercera y última fue el aumento de exportación de capital británico al resto del mundo, interesado no tanto en bienes raíces sino en industrias de desarrollo industrial y económico de otras regiones del mundo.
Por medio del impulso de esta revolución de capitales y progreso fue que desde mediados de la década de 1830 se desarrolló con rapidez en Gran Bretaña y en la Europa continental la construcción de vías férreas entre ciudades. Los ferrocarriles ingleses fueron construidos por empresas privadas, con una mínima intervención del gobierno, pero en Europa continental casi siempre la construcción estuvo controlada, y en ocasiones fue realizada, por los gobiernos nacionales o estatales. 
En Estados Unidos el desarrollo del ferrocarril se vio espoleado por el deseo de llegar al interior del país desde las ciudades de la costa este, fundadas por los primeros colonos británicos. Tras la inauguración en 1830, en Charleston, Carolina del Sur, del primer ferrocarril de vapor para pasajeros, la construcción de vías férreas pronto avanzó hacia el oeste desde todos los rincones de la costa este. En 1850 el continente tenía ya 14.500 km de vías férreas. En la década siguiente un número cada vez mayor de empresas privadas construyó más vías férreas que en el resto del mundo, con lo que el total de Estados Unidos pasó a más de 48.300 km; Chicago, en el Medio Oeste, convertido de pequeña población a gran ciudad, fue la plataforma de una rápida expansión hacia el sur y el oeste.
Fueron los ingleses, quienes encontraron en los trenes de carga un medio rápido y eficaz en el proceso de traslado de materia prima a zonas portuarias, para desde allí embarcarlas rumbo a Europa. En términos generales, los ferrocarriles en América Latina hasta las primeras décadas del siglo XX fue que se desarrollaron en función del comercio con el exterior, más que como una vía interna de comunicación.
El desarrollo de los modernos trenes de pasajeros para largo recorrido empezó en la década de 1860, cuando George Pullman convenció a las empresas de ferrocarril de Estados Unidos para que le permitieran añadir a los trenes sus propios coches-cama, y luego también coches-restaurante y coches-salón. Estos vagones, en los que se cobraba un recargo, marcaron cotas de comodidad desconocidas hasta entonces en los trenes. 
Un inconveniente de la locomotora de vapor es la interrupción de servicio por las paradas técnicas que impone su frecuente mantenimiento. Por esta causa y por la fuerte competencia del transporte por carretera surgida en la segunda mitad del siglo XX, el transporte por ferrocarril tuvo que reajustar sus costes, operación que se vio favorecida con la utilización de nuevas energías como alternativa al vapor. En ese momento comienza la era de las locomotoras equipadas con motor diesel, que precisan menor tiempo de mantenimiento, y sobre todo las de tracción eléctrica, que pueden funcionar sin descanso durante días. Con estas técnicas la explotación de una línea llega al máximo rendimiento, al hacer los trenes mayor número de viajes, que produce líneas más rentables gracias a una máxima ocupación.
En el último cuarto del siglo XX, la evolución de las vías férreas ha estado marcada por la reacción en el mundo desarrollado ante la fuerza de la competencia del transporte por carretera y por aire, por la explotación de la electrónica y por una rápida difusión de los sistemas de metro (urbanos), tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo. El desarrollo de este sistema de transporte continuó en forma progresiva hasta llegar la idea de proveer al tren de una gran comodidad y alta velocidad, intentando competir en sus recorridos con el avión.
Fuentes: La Gazeta: Historia del ferrocarril

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